Terminator, 30 años después

Vi The Terminator anoche, en un Blu-ray (original) de 99 pesos que se veía tan chafa como un DVD. De alguna forma, la cara granulada de Ah-Nold me recordó la horrible proyección ochentera en los cines de Valle Dorado. Oh sí, yo vi The Terminator en cines durante el otoño de 1984, aunque mi recuerdo es oscuro y con lagunas. Quizá mis memorias vengan más bien de las muchas y repetidas ocasiones en que vi The Terminator en videocasette Beta y VHS, aunque las personas que trabajaban en Videocentro, el antro local de renta de películas, la conocían como El Exterminador. Bueno, eso decía en la caja. “El Exterminador” era un robot del futuro que venía a, valga la redundancia, exterminar a la madre de un caudillo antes de que éste naciera. El robot era Arnold Schwarzenegger, en el papel de un musculoso motherfucker sin cerebro pero indestructible. Los espectadores de la época decían “es una jalada” porque Arnold, paradójicamente, era un exterminador muy difícil de exterminar. En este momento debo decir que nadie de mis amigos y conocidos le decíamos El Exterminador, simplemente Terminator. Era 1984, casi 1985, yo había entrado a primero de secundaria y estaba pasando por un momento horrible y crucial (pubertad + la reciente separación de mis padres + nueva escuela). La cruda post-Star Wars pegaba durísimo: la Trilogía Sagrada había concluido, Indy Jones nos había entregado una secuela, los Ghostbusters eran más populares que Cristo y Eddie Murphy era cool (ja) gracias a Beverly Hills Cop; los chavales habíamos amado Gremlins y la idea de una película “suave” para pasar el domingo en la tarde era Loca Academia de Policía. Hasta donde sé, los ochenta transcurrían sin novedades, con mucha música new wave hair metal, ingenuidad y “Partidos Políticos” en Canal 5, justo después de la barra de caricaturas.

Entonces apareció The Terminator en el horizonte. Cruda. Gore. Violenta. Incluso sexual. Un año antes de esa otra vaca sagrada del geekness, Volver al futuro, James Cameron (un total desconocido en cuyo currículum estaba Piraña 2) ponía sobre la mesa el tema de las paradojas del viaje en el tiempo y enloquecía a las audiencias con un enfoque original sobre uno de los tópicos de la ciencia ficción: las máquinas como una amenaza para la humanidad.

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Pero The Terminator no especulaba sobre un entorno futurista espacial, como Star Trek, Star Wars o Battlestar Galactica, sino en uno más distópico e indudablemente catastrófico. Extrañamente, transcurría en el presente: en un 1984 punk, agresivo, urbano. En aquel 1984, la URSS aún existía como nación y el miedo al holocausto nuclear era una posibilidad real. War Games de 1983 ya había dado el primer paso mainstream de la ciencia ficción en torno al tema de computadoras + la guerra nuclear. James Cameron llevó esta paranoia un paso adelante: no es el error humano lo que nos exterminará, sino las propias máquinas ex profeso. Y así nació la mitología de Skynet.

The Terminator es ingenua. A 30 años de distancia se siente viejísima, lo cual (a su favor), la hace verse más gritty, sucia, cruda. El pelo de Linda Hamilton, como extraido de las orejas de un Cocker Spaniel, el horrible soundtrack de Brad Fiedel, lleno de sintetizadores que hoy suenan absolutamente pasados de moda –de acuerdo, el tema principal es legendario, pero el resto del score es horrible, admitámoslo–, el product placement del Walkman y los animatronics de Stan Winston son la marca indeleble de una época. Me dio nostalgia ver todo ese coctel, nostalgia de la buena. En su raíz, The Terminator está bien planteada y bien narrada, no divaga en sus temas principales, utiliza sabiamente los clichés propios del cine de acción de los ochenta, utiliza a su favor el horror de un cyborg asesino para crear momentos de humor genuino. El más memorable, sin duda, cuando Arnold le dice al policía “I’ll be back” y regresa, pero con todo y patrulla. Ese “I’ll be back” es como un momento cósmico que resume toda la carrera de Arnold Schwarzenegger y predijo su monumental éxito en taquilla durante los años venideros. James Cameron lo hizo una leyenda: a diferencia de Sylvester Stallone, el otro action figure ochentero, quien saltó a la fama como un boxeador que se sobrepone a la adversidad, Arnold se hizo una celebridad con el personaje de un villano, de un matón –lo que lo estereotipó durante años. Arnold era ese robot sin expresión, sin sentimientos, malo hasta la médula. La gente decía que Arnold Chanchinchuchewer “no sabía actuar”, pero qué más daba, todos lo ibamos a ver producir lluvias de plomo con armas automáticas.

Animatronic!

Animatronic ftw!

Linda Hamilton es increíble, además de su pelo de Cocker, por la dulzura que le imprime a Sarah Connor. Michael Biehn, un tipazo: quizá el mejor underdog del cine, no tiene ninguna oportunidad ante el T-800 pero igual empatizamos con él porque, mierda, él amaba a Sarah y atravesó océanos de tiempo para estar con ella. Yo imaginaba a John Connor pensando “debo enviar a mi propio padre a que salve a mi madre porque de otra manera no voy a nacer nunca”. A mis 11-12 años me obsesioné con The Terminator. Me imaginaba a mí mismo como un soldado del pelotón de Kyle Reese, pero encerrado en algún sitio subterráneo en Plaza Satélite, defendiendo a mi familia y a mis amigos y a la niña que me gustaba en turno de las máquinas, de los T-800. Ahora que lo pienso, la imagen del soldado sucio que pelea contra las máquinas era un justo upgrade al niño que acababa de dejar ir Star Wars, al niño al que los Ewoks de Return of the Jedi le parecieron ya demasiada infantilada, bobería, ñoñería. Yo quería rescatar a la chica y destruir robots malvados con el tipo de armas que apenas vemos en los flashbacks de Kyle. Me estaba convirtiendo en un adolescente: quería darme un encerrón con alguien en el Tiki Motel, que entonces me parecía el lugar más romántico del mundo (wtf); quizá no lo hacía porque pensara en sexo, sino porque la idea de ver por afuera de la ventana, vendado y con un six pack de tubos con nitroglicerina en la mesa, haciendo vigilia para cuidar a una chica, me parecía heroico… y bueno, romántico.

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Tiki Motel: donde se conciben a los líderes de la resistencia del futuro.

Parte de mi adolescencia está en The Terminator, y mi obra literaria está plagada de sus referencias: en al menos tres libros que he publicado hago la broma “How do I look? / Like shit, boss / Your mama” (aquí un post de Tumblr del buen Lex que refiere con precisión el caso). Jude y Paulo Makivar, los progenitores de la familia de sicarios metahumanos de mis libros Hackers de arcoíris tienen su primer encuentro romántico en una versión revampeada que hice del Tiki Motel (mire usted mi avatar cuando era editor de Conozca Más).

En retrospectiva, la idea de un robot asesino que nadie puede detener tiene algo de trágico y hermoso. Quizá porque en su esencia es el relato de uno o varios héroes enfrentándose a una fuerza imparable, como Héctor contra Aquiles. Ese es el tema de Hackers de arcoíris también (los hijos de Makivar vs Frank Chibi). De hecho, al ver recientemente Attack on Titan recordé que el tema de la inevitabilidad trágica del héroe que se enfrenta a una fuerza que no puede comprender ni controlar es universal. Todos esos chicos van rumbo a una muerte segura a manos de los gigantes, pero lo hacen porque lo tienen que hacer, porque alguien lo tiene que hacer. Porque eso es lo que hacen los héroes.

Ese final en la fábrica es cheesy de a madres, y el stop-motion es de risa ahora, lo sé. Ya es material histórico. Luego de encontrar el éxito financiero con The Terminator, James Cameron elevó la mitología de su creación a niveles pop con T2, esa brutal secuela que es infinitamente superior a su predecesora, y una de mis películas favoritas ever. De hecho, pienso que T2 es como una catedral del geekness. Un monumento a la nerdería de millones.

Pero hoy celebramos que un 26 de octubre de 1984, hace exactamente 30 años, James Cameron le regaló al mundo The Terminator. Véanla, rían con el pelo de Linda Hamilton, búrlense de los clichés. Y sonrían porque Skynet no pudo con nosotros. Aquí seguimos.

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Escribo libros.

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