Bingwatching con Cabri: Daredevil S02

Nunca compré cómics de Diabólico (como se llamaba Daredevil en México), pero me familiaricé con el personaje por mi adicción a Spider-Man, a quien de vez en cuando visitaba. Mismo caso con Punisher, quien siempre me pareció una versión más cercana a lo que yo esperaba de Batman: un sociópata que hacía escarmentar a la basura humana de su propio vecindario.

Una vez dicho esto, también confieso que estoy en la minoría de quienes disfrutaron la Daredevil cinematográfica protagonizada por Ben Affleck; creo tiene un encanto inocente que me remitía a El Cuervo (¿qué diablos le hicieron a Alex Proyas?) en estilo, pero con serios problemas de identidad en el contenido; sin embargo, nunca me pareció tan vomitiva como Catwoman, Fantastic Four o Elektra.

Cuando me enteré de la serie producida por Netflix, de entrada no estaba interesado en Netflix pero, además, había algo que me repelía en términos de diseño de producción: el uniforme del personaje. Sé que es una trivialidad, pero Charlie Cox no llenaba los zapatos de Diabólico ante mis ojos, y entonces no pelé mucho el hype —aunque todos a mi alrededor me tenían harto con sus alabanzas a la serie—. Lo peor… Inicié mi camino en Marvel goes TV de mala manera: Jessica Jones. A diferencia de la primera temporada de las aventuras del héroe ciego de Hell’s Kitchen,  la serie protagonizada por Krysten Ritter es ofensivamente inconsistente, a veces bien actuada, a veces no; mal escrita, a veces no; buenas secuencias de acción, a veces no… Lo único que siempre muestra calidad es la presencia de David Tennant como Kilgrave.

¡Tengo comezón en la nariz!

¡Tengo comezón en la nariz!

Aún no termino Jessica Jones, creo que me faltan tres episodios, pero a pesar de los altibajos, me provocó curiosidad de ver su antecesora y, después de terminar el último episodio, me convertí en un devoto de Daredevil. Además, fue en un momento muy afortunado, porque faltaban menos de dos meses para el lanzamiento de la temporada dos, la cual me devoré en dos días y, aunque la primera me dejó muy impactado, la segunda llevó mi éxtasis a terrenos inéditos.

Todas las reseñas de esta nueva entrega de Netflix hacen énfasis en la atinada elección de Jon Bernthal como Frank Castle, el justiciero que la ciudad que nunca duerme conocerá como Punisher. Y sí, él es una de las piezas principales que sostienen 12 episodios, e igual que con el personaje de Charlie Cox, es tan absorbente verlo dentro como fuera de los golpes y balazos. De hecho, me parecen mucho más interesantes las vidas de los habitantes de Hell’s Kitchen cuando resuelven sus dramas personales que cuando se ponen los disfraces y salen a dar palizas. ¿La razón? Es el drama el gatillo que dispara la acción que, como en la primera temporada, es excelente.

Ignoro si otros autores de este sitio han tocado el tema, pero hay mucho empeño en los estilos de combate de cada personaje. El mejor ejemplo es Wilson Fisk, quien enfurece y ataca como un rinoceronte imparable. Punisher, de igual modo, es un animal salvaje cuando se trata de embarrar los puños y descuartizar con armas blancas. Oh, sí… Tal vez al principio no lo parezca, pero esta segunda temporada es mucho más gráfica y cruel que su antecesora —mi chica se tapó los ojos en varias ocasiones—.

La presencia de Elektra, la perpetua piedra en el zapato de Matt Murdock, también es atinada, a pesar de no ser la insoportable antagónica que todos conocen. Elodie Yung trata a su seductora heroína como una bala perdida cuyas intenciones jamás son muy claras, pero siempre es un placer verla endulzar el oído del personaje titular, sobre todo durante sus primeras interacciones, muchas de ellas en forma de flashback.

Not Jennifer Lopez

Not Jennifer Lopez

Karen Page y Foggy Nelson son mucho más atractivos en esta ocasión. En la temporada pasada Foggy me parecía un chillón insufrible, pero aquí sus intenciones amarran bien y contrastan muchísimo con las de su mejor amigo; mientras la señorita Page se hace más fuerte y muta de piel para pasar de damisela en problemas a justiciera en términos muy distintos a los de sus contrapartes masculinas. El personaje que me sabe desechable es el de Rosario Dawson: Claire Temple. La actriz jamás me ha provocado nada —y no me refiero a términos sexuales, porque aquellos que hayan visto Trance de Danny Boyle saben que es letalmente atractiva—, pues siempre trata de reflejar un cinismo que la verdad se nota forzado. No deja de ser la misma Rosario Dawson de Death Proof, pero sin la ropita sexy. Me sorprende mucho lo fuera de lugar que se siente en comparación con sus coportagonistas.

Para mí Daredevil tiene su médula en el conflicto entre los métodos de justicia de Matt Murdock y Frank Castle. Si tomamos como referencia las sensaciones que nos generan las noticias funestas del mundo real, a veces nos inclinamos más hacia la manera en que Castle hace las cosas. Al menos ese es mi caso. Por otro lado, la filosofía de Murdock se tambalea y queda acorralada por situaciones que lo superan. No puedes agitar el agua sin esperar encontrarte con un tiburón de vez en cuando, y… ¿Qué haces en esa situación? Matas o te matan. Por otro lado, Castle lleva las cosas a extremos de los que no puede retornar. Si vas a irte con todo, sabes que deberás dejar detrás la vida como la concibes para convertirte en algo nuevo y asumirlo.

Ya sea dentro de un juzgado o en los oscuros callejones neoyorquinos, la nueva Daredevil es igual de potente. Es un gran equilibrio entre drama y acción; tal vez no al nivel de producciones más ambiciosas como Game of Thrones, pero siempre interesante, siempre activa y, finalmente, con un uniforme que hace ver a Charlie Cox como el Diablo de Hell’s Kitchen que retrataban las historietas.

Creo que es imperdible, y hay una secuencia de acción similar a la del segundo episodio de la primera temporada, que lleva el estilo a nuevos horizontes. Es en serio emocionante.

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