De vuelta a 1984: Mi reseña de Ghostbusters

Nota: Yo tenía ocho años cuando Ghostbusters llegó al cine. Este es un intento por reproducir lo que la cinta me hizo sentir en mi primer encuentro con ella y lo que hoy en día pienso de ella. La vi en los Multicinemas de Plaza Universidad, que estaban localizados en lo que se ha transformado en el horrendo food court. Estuvimos a punto de entrar a ver Mad Max: Beyond Thunderdome a la Cineteca (sí, estaba en la Cineteca), pero mis padres prefirieron desplazarse a Plaza Universidad a buscar más opciones y el resultado fue este.

¿Qué esperas de una película llamada Los Cazafantasmas?

Antes de ingresar a la sala de cine, mientras compraba los boletos, me enfoqué en desmenuzar el cartel promocional de la película protagonizada por Bill Murray, Harold Ramis, Sigourney Weaver, Dan Aykroyd y otros actores para mí desconocidos: tres tipos bobalicones miran hacia el cielo desde el que una nube verde amenaza con devorarlos o algo así. “Llegaron para salvar al mundo”, nos advierte el eslogan. No imagino cómo salvarán al mundo, esta película es de fantasmas y estos jamás buscan conquistar nuestro planeta. Lo que quieren es asustarnos. Espero no me dé miedo.

Imagino que será una cinta de esas cuyos protagonistas se aventuran al corazón de alguna mansión embrujada y viven experiencias paranormales. Es la película de moda, el logotipo del espectro bonachón atrapado en un círculo rojo está por todos lados: en la tele, en la calle, la gente lo lleva en “botones”, pero no tengo muy claro el universo en el que se desenvuelve. Ni siquiera sé si es de horror y la posibilidad me tiene tenso.

Al salir de la sala me siento eufórico, y es que esto no era lo que esperaba. Fue demasiado emocionante, fue divertido y también fue aterrador de algún modo. Los fantasmas, algunos obedecían al sentido tradicional de un espectro: formas humanas traslúcidas y flotantes, pero otros eran criaturas completamente inesperadas, extrañas y hasta tiernas.

Algo me dice que el humor no lo entendí del todo, pero quiero vivir en ese mundo, en esa ciudad, con gente como ellos y con el poder de salvar al mundo de una destructora deidad sumeria con ayuda de un proton pack. Es más: quiero ser investigador paranormal. Quiero impresionar a la gente con tecnicismos sobre espíritus clasificación cinco y consultar la Guía de Espíritus de Tobin cuando dude del origen de alguna manifestación ectoplásmica.

Otros querían ser policías, astronautas, futbolistas, rock stars… Yo quería ser cazafantasmas.

Ghostbusters fue la comedia más taquillera en la historia del cine desde su llegada a este mundo en 1984 hasta el estreno de Home Alone en 1990. He pensado que, si yo diera clases de cine, la usaría como ejemplo de construcción de un guión absolutamente improbable pero casi perfecto. Es un conjunto de elementos en el que todo terminó bien afinado, pero de haber fallado alguna de sus partes, hubiera resultado en un desastre.

Comenzamos con tres académicos cuyo éxtasis tras haber vivido su primer encuentro paranormal se ve pisoteado por la noticia de que la universidad para la que trabajan ha decidido despedirlos. Convencidos de tener una fórmula exitosa para atrapar espectros, lanzan su propio negocio. Lo que sigue es una secuencia de sucesos en crescendo culminando a con un monstruo de malvavisco gigantesco pisoteando Central Park West, versión final de un dios sumerio como clímax del Juicio Final.

Hay un cinismo seductor en la manera de enfrentar lo paranormal que conecta muy bien con la audiencia. En vez de sorprenderse hiperbólicamente con cada aparición, para los cazafantasmas se trata de un día más en el trabajo. Es la misma fórmula de Alien (1979), con sus camioneros espaciales viviendo el día a día por un salario mugriento en la inmensidad del cosmos, donde nadie los escuchará gritar. Esta característica vuelve a Peter Venkman (Murray), Ray Stantz (Aykroyd), Egon Spengler (Ramis) y, eventualmente, Winston Zeddemore (Ernie Hudson) en personajes ultracool que atraviesan la línea de lo sorprendente para pintarle dedo a lo sobrenatural en la cara.

Añadir a Sigourney Weaver a la ecuación, quien venía fresca de uno de los papeles más serios del cine comercial setentero, fue otro gran acierto. Dana Barrett, su personaje, es la incrédula niña en el Club de Toby. La más cuerda de todos, incluyendo a Janine Melnitz (Annie Potts), Walter Peck (William Atherton) y Louis Tully (Rick Moranis). Simultáneamente, es Dana Barrett quien se convierte en epicentro del desastre de proporciones bíblicas. La escéptica es a quien le cae todo el peso de esta invasión espectral, y es por ello que este cuarteto de niños con sus juguetes tecnológicos y sus uniformes de plomero deben acudir a su rescate. The geek gets the girldécadas antes de que esto fuera tan sobado.

No podemos olvidar la importancia de los efectos visuales en Ghosbusters. Hija de la era del efecto práctico, sufre mucho hoy en día pero, a pesar de sus limitantes, sus trucos visuales están al servicio de la historia, es esa la razón por la que generaciones que nunca han tenido contacto con la cinta, la ven y no se quejan de los efectos. Además, todos siguen una misma línea: son humildes, grotescos pero cómicos y el halo que los rodea no lo tiene ninguna otra cinta. Son producto de un diseño de producción muy cuidado.

Un caso en especial nos ilustra este ejemplo: el primer fantasma, la señora de la biblioteca, tuvo una primera encarnación que a los productores les pareció aterradora y un año después sirvió para aterrar a las audiencias en Fright Night (1985). El animatronic, aunque fantástico, simplemente no encajaba con el tono cómico de la película. Decisiones como esta, de la que existen muchas en su hora cuarenta y cinco minutos de duración, son el eje que mantiene cohesión entre todas las estupideces y locuras que se despliegan en pantalla. Ivan Reitman, director, tuvo demasiados, D-E-M-A-S-I-A-D-O-S aciertos al realizarla. Me parece sorprendente que ninguna de sus otras películas me llegue de la manera en que esta lo hace.

Considerada uno de los grandes homenajes a la ciudad de Nueva York, se mantiene fiel a un estilo y utiliza la ciudad y a sus ciudadanos: malencarados, cínicos, incrédulos e indiferentes, como el perfecto wallpaper de las inverosímiles aventuras de sus protagonistas de una manera que se siente tan íntima como si el espectador fuera otro habitante de Manhattan.

El diálogo entre personajes es básicamente un intercambio de sarcasmos y doblesentidos que rayan en lo adolescente, pero siempre con un giro inteligente que rebota entre lo cuasicientífico hasta lo más abusivo. Es un menú de frases para citar como filosofía de vida que pocas películas han logrado igualar, desde “Back off, man. I’m a scientist” hasta “If someone asks you if you’re a god you say ‘yes'”. Ghostbusters inventó The Big Bang Theory mucho antes de que Chuck Lorre se convirtiera en el saco de boxeo de Charlie Sheen.

Para nada diré que es una producción perfecta, pero es fácil enamorarse de ella aún con las décadas que han pasado entre su estreno y la actualidad. Es imposible escapar al encanto y la camaradería que se crea entre sus personajes, y puedo confesar sin temor a equivocarme que fue una experiencia que me llevó a querer hacer algo bien simple y cotidiano: estudiar.

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